¿Hay que corregir a los correctores? ¿Necesitan redacción los redactores? ¿Deberían traducirse los traductores? Son preguntas a las que cualquiera que se dedique a los textos —da igual si es corrección, redacción, escritura o traducción— conoce las respuestas.
Pero llevar ese convencimiento a la práctica cuando el texto es el propio es otra cosa. En el tiempo que llevo intentando ser escritora —como digo yo misma, y como dicen otros, a veces con cierta superioridad, sobre todo al saber que mi libro es autopublicado— he tenido que aprender a aceptarlo de nuevo. En Polonia especialmente. En España la acogida de la autopublicación es diferente: tengo la sensación de que no solo se acepta, sino que empieza a verse como una amenaza seria para las editoriales tradicionales. Yo todavía no sé qué pensar. Como siempre, estoy dividida.
Tengo formación: una carrera en filología, un máster en corrección y redacción, varios cursos y casi dos décadas de experiencia trabajando con textos. Y aun así me considero principiante. Porque lo que he visto a lo largo de todos esos años es que no existe el texto perfecto. Siempre se puede mejorar. Siempre se escapa algo: un doble sentido del original que no cabe en la traducción, una idea que no consigues expresar exactamente como quieres en tu propio texto. Pasa el tiempo, vuelves a lo que escribiste, y lo ves de otra manera.
Es válido para todo el mundo: escritores, traductores, lectores. No se puede entrar dos veces en el mismo río —ya sé que es un tópico, pero ilustra bien lo que quiero decir. Y ya que estamos, otro tópico: cuatro ojos ven más que dos.
Así que seguiré aprendiendo e intentando expresar lo que se me cuece en la cabeza, junto con las ideas que tengo asentadas y las historias que llevo tiempo con ganas de contar. La perseverancia ya la aprendí cuando empecé en la traducción sin haberla estudiado: con humildad, igual que intento hacer ahora con la escritura.
Que me digan que los autopublicados no valen —no, no tienen razón. Para tener argumentos me puse a leer libros autopublicados por debutantes y veteranos del sector, en español, es decir, de medio mundo: de España y de multitud de países de América Latina, e incluso de Estados Unidos (porque los hay con diez libros publicados en self-publishing en su haber). Llevo dos meses leyendo a un ritmo que no tenía desde la infancia y la adolescencia. Es verano y aprovecho cada momento: en la playa, en la piscina, en las horas de calor de la siesta. En el mercado editorial está pasando algo parecido a lo que pasó hace años en la música: cualquiera puede empezar a existir en la red, y en función de su capacidad, originalidad, trabajo y —sí— un poco de suerte, puede llegar a ser conocido más allá de su entorno. A este fenómeno en el sector musical se le llamó la democratización de la música. Yo no pretendo ser bestseller. Pretendo expresar lo que creo que merece la pena contar, hacerlo lo mejor que pueda, y sí, contar con otros pares de ojos que revisen lo que hago.
Para que los ojos del lector no sufran por los errores del texto. Y si sufren, que sea por la emoción que este transmite.