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Reflexiones sobre traducción, idiomas y el oficio de las palabras

Contar sílabas con los dedos: cómo traduje a Tuwim

Traducir poesía infantil no es simplificar. Es encontrar el ritmo exacto, la palabra justa, el sonido que un niño quiere repetir sin saber por qué. Este es el proceso —largo, imperfecto y muy honesto— detrás de El canto de los versos Tuwim para los más pequeños.

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Los versos de Julian Tuwim los tenía desde hacía años. Traducciones a medias, cuadernos con anotaciones, versiones que dejé a medias porque algo no sonaba bien. Tuwim escribía con una musicalidad polaca que parece imposible de trasladar: rimas internas, juegos de palabras, ritmos que los niños polacos llevan décadas recitando de memoria casi sin proponérselo. ¿Cómo hacer que eso funcione en español?

Simón revisando el manuscrito de Tuwim
Simón, mi ayudante editorial más exigente. No dice nada, pero opina.

El método: leer en voz alta, contar con los dedos

Mi proceso no tiene nada de digital. Imprimo, tacho, reescribo a mano. Leo el verso en voz alta, luego lo leo otra vez más despacio, y cuento las sílabas con los dedos. Si el dedo se queda a medias, la línea no funciona. Si tengo que forzar una pausa donde no la hay, tampoco. La prueba definitiva: ¿lo podría recitar un niño sin tropezarse? ¿Lo querría repetir?

Algunos versos los tuve resueltos en una tarde. Otros me llevaron semanas. La Locomotora, por ejemplo, tiene un ritmo que imita el traqueteo del tren, y encontrar ese mismo efecto en español sin que sonara forzado fue uno de los retos más largos del libro.

Los críticos de casa

Mis hijos fueron los primeros lectores. No los más amables, pero sí los más útiles. Si se distraían antes de terminar el verso, la culpa era mía. Si pedían que lo repitiera, eso era una buena señal. Mi marido aportó otro tipo de lectura: más analítica, más exigente con la naturalidad del castellano. "Esa palabra es demasiado rebuscada para un niño." "Así no lo diría un español." Comentarios que dolían un poco y ayudaban mucho.

Uno de los ejemplos más concretos: el verbo coger. Perfectamente natural en España, pero problemático en gran parte de América Latina. El objetivo era hacer un libro universal para todos los hispanohablantes, así que coger se convirtió en agarrar. Cada decisión de ese tipo era una pequeña negociación entre la musicalidad, el significado y el alcance del libro.

El diseño: coherencia sin uniformidad

Los seis poemas del libro son muy diferentes entre sí en tono y en ritmo. La pregunta era si el diseño debía reflejar esa diferencia o si, por el contrario, había que mantener una línea gráfica común que diera unidad al conjunto. Al final opté por crear un estilo coherente dentro de cada poema —con sus propios colores, sus propias ilustraciones— pero con elementos comunes que hicieran que el libro respirara como un todo.

En ese proceso consulté con Mateusz, un amigo diseñador gráfico, cuya mirada externa fue fundamental. Él fue quien me hizo ver que algunas de mis decisiones de color funcionaban por separado pero chocaban entre sí. También surgió el problema de la numeración de páginas: algo que parece un detalle técnico se convirtió en un dolor de cabeza real cuando las páginas no cuadraban con el diseño de las ilustraciones.

Índice de El canto de los versos Tuwim para los más pequeños
Los seis poemas: Radio Pájaro, El Abecedario, Las Gafas, La Gatita, La Naba y La Locomotora.

La copia de prueba y los errores que no se ven hasta que se ven

Pedí una copia de prueba física antes de publicar. Hice más cambios. Luego otra revisión. Y aun así, cuando el libro ya estaba listo para salir, encontré un par de mayúsculas que se me habían escapado. Al principio del proceso había tomado la decisión de que todos los versos empezarían con mayúscula —una decisión visual. Luego cambié de criterio: me regiría por la corrección lingüística, no por la estética. Eso supuso revisar cientos de líneas, y dos de ellas, en algún momento, pasaron inadvertidas.

Son errores pequeños. Son también un recordatorio de que ningún libro es perfecto, y de que la perfección tampoco es el objetivo. El objetivo es que un niño escuche estos versos, los repita, los haga suyos. Que la magia de Tuwim cruce el idioma y llegue intacta.

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— Marlena Trelka · e-diom.es

La postedición: cómo los traductores trabajamos con la inteligencia artificial

En tiempos de cambio acelerado, los traductores hacemos cada vez más postedición de traducción automática. Yo lo hago desde hace años para algunos clientes. Ventajas, riesgos y por qué un buen posteditor marca la diferencia.

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La traducción automática lleva décadas entre nosotros, pero en los últimos años ha dado un salto cualitativo enorme gracias a los modelos de lenguaje basados en inteligencia artificial. Herramientas como DeepL, ChatGPT o los motores propietarios de grandes agencias producen hoy textos que, a primera vista, pueden parecer perfectamente aceptables. Esto ha cambiado la forma de trabajar de muchos traductores profesionales, entre ellos yo.

La postedición de traducción automática (MTPE, por sus siglas en inglés) consiste en revisar y corregir el texto producido por una máquina para llevarlo al nivel de calidad exigible a una traducción humana. No es leer por encima y dar el visto bueno: es un trabajo profesional que requiere conocimiento profundo de ambas lenguas, del tema y del estilo.

¿Qué ventajas tiene?

✦ Ventajas

  • Mayor velocidad en proyectos de gran volumen.
  • Reducción de costes para el cliente en textos repetitivos o técnicos.
  • Coherencia terminológica cuando se combina con memorias de traducción.
  • Permite dedicar más tiempo a los pasajes más complejos o creativos.

◈ Riesgos

  • La máquina comete errores sutiles de sentido que parecen correctos.
  • Pierde el registro, el tono o el estilo del texto original.
  • En textos jurídicos o médicos, un error puede tener consecuencias graves.
  • Genera una falsa sensación de seguridad en quienes no dominan el idioma.

Por qué el posteditor es clave

La postedición no es revisar: es saber exactamente qué puede fallar y dónde mirar. Un buen posteditor no se deja llevar por la fluidez superficial del texto. Sabe que la máquina puede traducir literalmente una expresión idiomática, omitir una negación o cambiar sutilmente el alcance de una cláusula legal sin que el resultado suene "mal" en la lengua de llegada.

Hace años que ofrezco este servicio a algunos de mis clientes, siempre con una condición: el texto de salida debe cumplir exactamente los mismos estándares que una traducción humana. No cobro menos por hacer postedición de mala calidad; cobro menos cuando la máquina ha hecho bien su parte y mi trabajo de revisión es menor. La diferencia es importante.

Mi consejo para cualquier empresa que quiera incorporar la traducción automática en sus procesos: no escatimes en el posteditor. Es la garantía de que lo que llega al cliente final —o al juzgado, o al prospecto médico— es correcto, preciso y en el registro adecuado.

— Marlena Trelka · e-diom.es